Cuelga de la cabecera de mi cama matrimonial,
bendiciéndola
en lugar del Rosario
y el crucifijo,
guardando sus cuatro esquinas
(¡quito angelitos!)
Po,
el teletubi colorado,
en punto de cruz,
que tejió Maridesa,
porque me enternecían
su lengua de trapo
(su vocabulario
bobo,
sus saludos felices, dulcísimos, hola hola hola adiooooós),
sus asombros (¡huy huy!) delante de un mundo
que comenzaba cada mañana
o cada programa
(todo sabían desaprenderlo),
sus andares graciosos,
y porque se contradecían
el paisaje que servía para su recreo,
anterior a la historia
(parecía necrópolis británica,
país de duendes),
y la habitación troglodita
de juguete
que escondía
(parecía cabina de nave espacial,
estómago de submarino)
y porque en un videojuego
nazi,
intertextual,
los mataban,
a él,
y a Lala,
y a Dipsy,
y a Tinqui Winqui,
de muchas maneras,
haciendo, de los teletubis,
judíos
postmodernos.
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