dijous, 14 de juliol del 2011

¡Dos de churros!



   
    Una

    Algún domingo,
    madrugador
    y glotón,
    bajabas a la calle temprano,
    aseado,
    afeitado,
    elegante,
    apuesto,
    con la maricona en la mano,
    y volvías
    (no sé hasta qué cafetería te llegabas para comprarlos)
    con dos docenas (digamos) de churros
    en dos bolsas de papel empapadas de aceite,
    y la prensa,
    el País
    y el Levante,
    y revistas para la sala de espera de la clínica,
    Diez Minutos, Interviú, el Hola,
    El Jueves, Por Favor,
    que hojeábamos todos.
    Mamá había hecho chocolate,
    los hermanos, al olor, acudíamos a la cocina,
    legañosos,
    en pijama,
    y el desayuno
   (vale
   la vida)
   era una fiesta.


Dos

En mi memoria (pero será, ¿no?,
falsificación)
todos los viajes, en coche, por España,
tenías el capricho de que los comenzásemos así.
Valencia (sería agosto,
y temprano)
estaba vacía.
Parábamos en una taberna de la calle Játiva,
frente a la Plaza de Toros y a la Estación del Norte,
para desayunar
ritualmente
chocolate con churros.
Yo,
unos,
antes de meterlos en la taza,
los rebozaba en azúcar que derramaba en un plato,
con otros hacía como mamá,
y les echaba sal.
Era una ceremonia
propiciatoria
con dos partes,
la segunda tenía lugar en el coche,
decíamos,  siguiéndote, la oración milagrosa
de San Cristóbal,
el patrón de los automovilistas
(una medallita suya, imantada, adornó sucesivamente
los salpicaderos del Dofín blanco,
del Simca Mil granate,
del 124 (¿o era un 1430?, tampoco me acuerdo bien del color),
del Austin Victoria que llamábamos de oro,
del gigantesco Chrysler azul,
y ya todo vendría
rodado.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada