Leontes ensayaba la honra de “la hija de un rey, nuestra esposa” (III, II, 2 – 3). Hermíone se querella contra su juez, que la puteaba:
--…Porque miradme,
La compañera del lecho real, que posee
La mitad del trono, la hija de un gran rey,
La madre de un príncipe que es la esperanza del reino, heme aquí plantada,
Parloteando para defender mi vida y mi honor delante
De todo aquel que guste de venir y oírme.
(III, II, 37 – 42)
Y echa a faltar a su padre, que la defendería:
--El Emperador de Rusia era mi padre:
¡Ay, si viviese, y contemplase aquí
El juicio de su hija! ¡Si pudiera ver
La enormidad de mi miseria, aunque fuese con ojos
De compasión, y no de venganza!
(III, II, 119 – 123)
Hermíone resume perfectamente su condición de mujer, todas las partes que la sujetan y disminuyen: es hija, esposa y madre.
Hermíone se jugaba, junto con la vida, que tenía en poco, su “honra”. Ésta importaba, y la defendería, puesto que “deriva de mí hacia los míos” (“’tis a derivative from me to mine” [III, II, 42 – 45]), ensucia la Casa, el apellido familiar. Y así será, que la “vergüenza” del nombre mancillado de su madre (que tocaría el suyo) va a acabar a su hijo Mamilio.
(William Shakespeare, El cuento de invierno)
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