dissabte, 16 de juliol del 2011

Nombres que encierran a la mujer



     
      Leontes ensayaba la honra de “la hija de un rey, nuestra esposa” (III, II, 2 – 3). Hermíone se querella contra su juez, que la puteaba:

--…Porque miradme,
    La compañera del lecho real, que posee
    La mitad del trono, la hija de un gran rey,
    La madre de un príncipe que es la esperanza del reino, heme aquí plantada,
    Parloteando para defender mi vida y mi honor delante
    De todo aquel que guste de venir y oírme.


        (III, II, 37 – 42)

    Y echa a faltar a su padre, que la defendería:

    --El Emperador de Rusia era mi padre:
    ¡Ay, si viviese, y contemplase aquí
    El juicio de su hija! ¡Si pudiera ver
    La enormidad de mi miseria, aunque fuese con ojos
    De compasión, y no de venganza!


        (III, II, 119 – 123)

    Hermíone resume perfectamente su condición de mujer, todas las partes que la sujetan y disminuyen: es hija, esposa y madre.

    Hermíone se jugaba, junto con la vida, que tenía en poco, su “honra”. Ésta importaba, y la defendería, puesto que “deriva de mí hacia los míos” (“’tis a derivative from me to mine” [III, II, 42 – 45]), ensucia la Casa, el apellido familiar. Y así será, que la “vergüenza” del nombre mancillado de su madre (que tocaría el suyo) va a acabar a su hijo Mamilio.

    (William Shakespeare, El cuento de invierno)

 

divendres, 15 de juliol del 2011

Jesús y la higuera

Ha entrado Jesús
caballero
en Jerusalén,
sobre un pollino de asna,
como tocaba a su Señor
último ,
y lo reciben
palmeros,
y con “hosannas”,
y titulándolo “Rey de Israel”,
o “Hijo
(pero lo era remoto, y bastardo)
de David”.
Visitó luego el Templo, vio cosas
que lo fatigaron,
y a la nochecica se retiró, con los Doce que lo seguían,
a Betania.

Al otro día, de mañana, saliendo de Betania,
tuvo el estómago gruñón
y antojadizo,
espió, a lo lejos, en la cuesta pelada que sube a Jerusalén,
una higuera gorda,
alta,
melenuda. 
Era temporada de brevas, o casi,
casi.
Pero al acercarse Jesús vio que era árbol
vago, tardón,
y no había dado aún fruto.
Jesús movía los labios, murmuraba, y los Doce se arrimaron a él
haciendo corro,
a ver qué decía el Maestro, si era parábola
o doctrina,
pero hablaba, por ahora, demasiado por lo bajo. Puedo
mucho, y soy
mucho,
príncipe
figurado
(pero no de este mundo),
el hijo
seguro
de María,
y dudable
de Dios,
el Cristo
que decían
y está escrito.
Volví el agua en vino en las bodas
famosas
de Caná,
en dos ocasiones he hartado, con cinco panes de cebada
y dos peces,
o con siete panes “y unos pocos pececillos”,
a una muchedumbre,
soy torta
de cielo,
y en misas
misteriosas
comerán de mi carne, beberán mi sangre,
nunca he querido nada para mí, pero desde ayer
arrastraba el humor
amargo,
y lo habría endulzado con un puñado de higos...
Entonces habló Jesús con voz
severa,
y todos lo oyeron.
--¡Con estas palabras
divinas,
tremendas,
que pronuncio,
te pudrirás, higuera, y ni sombra vas a dar!

Su cólera de dios
antiguo,
y su decepción de niño mimado,
las pagaron en el Templo de Jerusalén. Volcó
los puestos de los cambistas, las jaulas
de los palomeros.

A la mañana siguiente volvieron a pasar por allí. La higuera estaba seca.
Le dice Pedro:

--¡Rabbí, mira...!
--Enseño, con esto –dijo Jesús— la fuerza de la oración,
y de la fe.
Decía, pero hubiera preferido ese favor
de Papá, el pequeño
milagro
de haberse desayunado con unos higos
tempranos. 

Muchas veces nos amenazaba
nuestroseñor,
vendrá el Hijo del hombre,
segunda vez,
como ladrón,
y repartirá las suertes
que importan,
porque deciden lo de luego.
Pero era bueno, casi
bobo,
el campeón del amor,
y sólo aquí se muestra sayón,
con rabieta.

dijous, 14 de juliol del 2011

¡Dos de churros!



   
    Una

    Algún domingo,
    madrugador
    y glotón,
    bajabas a la calle temprano,
    aseado,
    afeitado,
    elegante,
    apuesto,
    con la maricona en la mano,
    y volvías
    (no sé hasta qué cafetería te llegabas para comprarlos)
    con dos docenas (digamos) de churros
    en dos bolsas de papel empapadas de aceite,
    y la prensa,
    el País
    y el Levante,
    y revistas para la sala de espera de la clínica,
    Diez Minutos, Interviú, el Hola,
    El Jueves, Por Favor,
    que hojeábamos todos.
    Mamá había hecho chocolate,
    los hermanos, al olor, acudíamos a la cocina,
    legañosos,
    en pijama,
    y el desayuno
   (vale
   la vida)
   era una fiesta.


Dos

En mi memoria (pero será, ¿no?,
falsificación)
todos los viajes, en coche, por España,
tenías el capricho de que los comenzásemos así.
Valencia (sería agosto,
y temprano)
estaba vacía.
Parábamos en una taberna de la calle Játiva,
frente a la Plaza de Toros y a la Estación del Norte,
para desayunar
ritualmente
chocolate con churros.
Yo,
unos,
antes de meterlos en la taza,
los rebozaba en azúcar que derramaba en un plato,
con otros hacía como mamá,
y les echaba sal.
Era una ceremonia
propiciatoria
con dos partes,
la segunda tenía lugar en el coche,
decíamos,  siguiéndote, la oración milagrosa
de San Cristóbal,
el patrón de los automovilistas
(una medallita suya, imantada, adornó sucesivamente
los salpicaderos del Dofín blanco,
del Simca Mil granate,
del 124 (¿o era un 1430?, tampoco me acuerdo bien del color),
del Austin Victoria que llamábamos de oro,
del gigantesco Chrysler azul,
y ya todo vendría
rodado.

dimarts, 12 de juliol del 2011

Mocedades fantásticas de Shakespeare


    Palabra del Viejo Pastor en El Cuento de Invierno:

    A los muchachos “de diecinueve y veintidós años” les hierven los sesos (III, III, 63 – 64):

--Ojalá no hubiera edad entre los diez y los veintitrés años, o pasara el joven durmiendo este resto, ya que no hay nada en ese entreacto salvo preñar mozas, ofender a los ancianos, robar y pelear…

        (III, III, 59 – 63)

    Han dicho que William Shakespeare dice aquí, en grosera prosa, sus Mocedades.

dilluns, 11 de juliol del 2011

La apolillada Marquesa de Dai

   
    Te momifican, te entierran con algo de cariño (o con mucha saña), y luego pasa eso. Esto.

    A. H. Hall publicó su trabajo sobre el pudridero familiar de los marqueses de Dai en el número 145 de la National Geographic (páginas 660 - 681). Yo leo solamente el resumen que viene en el manual de Arqueología de Colin Renfrew y Paul Bahn. Menos mal, los detalles se me habrían atragantado. 

    Dos mil y pico años atrás amortajaron a la marquesa de Dai y la metieron en su celdilla. Bien a mano, sobre una alfombra, le dejaron la mesa puesta, una despensa surtida y bodeguilla. Había también un cuaderno de recetas de hojas de seda. El ajuar funerario de la marquesa dibuja cpn exactitud sus apetitos póstumos, con sus miedos. En la época de la dinastía Han la costumbre pedía avituallar al difunto. La muerte se la figurarían como un sitio en el que se come poco, desastradamente y a deshora.

    A. J. Hall entró de puntillas y armado de modernos aparatos en la sepultura, lo anotó todo con cuidado, picó de aquí y de allá, se llevó la momia a su clínica. Mientras su equipo analizaba las muestras en el laboratorio él desnudaba a la marquesa y hurgaba en sus carnes terrosas.

    El Dr. Hall multiplicó por cuatro el peso del cadáver, que la muerte adelgaza, y la dama dio en obesa. Encima, el estudio paleopatológico de los restos reveló que un cólico biliar había matado a la pobre. Escarbando en el estómago y en los intestinos contó ciento treinta y ocho pepitas de sandía.

    Somos, dice la medicina, lo que comemos. El estúpido adagio se vuelve morboso en el caso de la marquesa de Dai. Su vida, las historias que la contaban, quedan muy reducidas. El arqueólogo clava sus alas al corcho y resume su tesis. “¡Se cenó un melón y reventó la gorda!”

Expósito

*
    La reina bruja se entendía con el forastero mágico (por un rato se desentendía del mundo). Tras el plazo ordinario de nueve meses ella misma (miedosa), su padre o su marido (celosos) abandonaban al recién nacido. En un cesto de mimbre, entre cañas y barro. En una barca, cuando la marea va. En monte pelado o en bosque melenudo. Y con una prenda que avise, por si acaso, que ése es el héroe del cuento, el mediodivo, el santo.  El río sagrado, el mar resalado, las fieras no tocan al crío, y a veces hasta le dan mama. Lo encontrarán el cazador, el pastor, la princesa lavandera.

*
    El señorito enredaba a la criada, la dueña de la pensión al estudiante, el obispo a la beata, y el nene de esos amoríos pasmosos terminaba (empezaba) en portal de gente rica o en el poyo de la iglesia.

*
    Ya no hay mitos ni leyendas, y ni siquiera quedan los lugares comunes de los años ñoños. A la pequeña, parida en el retrete, la han dejado en una escombrera, envasada en caja de cartón, con la cabeza metida en la bolsa de plástico de diez céntimos de Carrefour.

divendres, 8 de juliol del 2011

latíamaría

latíamaría hizo el blando
suelo
y el cielo
seguro
de nuestros años primeros
y segundos
   

Po

Cuelga de la cabecera de mi cama matrimonial,
bendiciéndola
en lugar del Rosario
y el crucifijo,
guardando sus cuatro esquinas
(¡quito angelitos!)
Po,
el teletubi colorado,
en punto de cruz,
que tejió Maridesa,
porque me enternecían
su lengua de trapo
(su vocabulario
bobo,
sus saludos felices, dulcísimos, hola hola hola adiooooós),
sus asombros (¡huy huy!) delante de un mundo
que comenzaba cada mañana
o cada programa
(todo sabían desaprenderlo),
sus andares graciosos,
y porque se contradecían
el paisaje que servía para su recreo,
anterior a la historia
(parecía necrópolis británica,
país de duendes),
y la habitación troglodita
de juguete
que escondía
(parecía cabina de nave espacial,
estómago de submarino)
y porque en un videojuego
nazi,
intertextual,
los mataban,
a él,
y a Lala,
y a Dipsy,
y a Tinqui Winqui,
de muchas maneras,
haciendo, de los teletubis,
judíos
postmodernos.