dilluns, 11 de juliol del 2011

La apolillada Marquesa de Dai

   
    Te momifican, te entierran con algo de cariño (o con mucha saña), y luego pasa eso. Esto.

    A. H. Hall publicó su trabajo sobre el pudridero familiar de los marqueses de Dai en el número 145 de la National Geographic (páginas 660 - 681). Yo leo solamente el resumen que viene en el manual de Arqueología de Colin Renfrew y Paul Bahn. Menos mal, los detalles se me habrían atragantado. 

    Dos mil y pico años atrás amortajaron a la marquesa de Dai y la metieron en su celdilla. Bien a mano, sobre una alfombra, le dejaron la mesa puesta, una despensa surtida y bodeguilla. Había también un cuaderno de recetas de hojas de seda. El ajuar funerario de la marquesa dibuja cpn exactitud sus apetitos póstumos, con sus miedos. En la época de la dinastía Han la costumbre pedía avituallar al difunto. La muerte se la figurarían como un sitio en el que se come poco, desastradamente y a deshora.

    A. J. Hall entró de puntillas y armado de modernos aparatos en la sepultura, lo anotó todo con cuidado, picó de aquí y de allá, se llevó la momia a su clínica. Mientras su equipo analizaba las muestras en el laboratorio él desnudaba a la marquesa y hurgaba en sus carnes terrosas.

    El Dr. Hall multiplicó por cuatro el peso del cadáver, que la muerte adelgaza, y la dama dio en obesa. Encima, el estudio paleopatológico de los restos reveló que un cólico biliar había matado a la pobre. Escarbando en el estómago y en los intestinos contó ciento treinta y ocho pepitas de sandía.

    Somos, dice la medicina, lo que comemos. El estúpido adagio se vuelve morboso en el caso de la marquesa de Dai. Su vida, las historias que la contaban, quedan muy reducidas. El arqueólogo clava sus alas al corcho y resume su tesis. “¡Se cenó un melón y reventó la gorda!”

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