dilluns, 11 de juliol del 2011

Expósito

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    La reina bruja se entendía con el forastero mágico (por un rato se desentendía del mundo). Tras el plazo ordinario de nueve meses ella misma (miedosa), su padre o su marido (celosos) abandonaban al recién nacido. En un cesto de mimbre, entre cañas y barro. En una barca, cuando la marea va. En monte pelado o en bosque melenudo. Y con una prenda que avise, por si acaso, que ése es el héroe del cuento, el mediodivo, el santo.  El río sagrado, el mar resalado, las fieras no tocan al crío, y a veces hasta le dan mama. Lo encontrarán el cazador, el pastor, la princesa lavandera.

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    El señorito enredaba a la criada, la dueña de la pensión al estudiante, el obispo a la beata, y el nene de esos amoríos pasmosos terminaba (empezaba) en portal de gente rica o en el poyo de la iglesia.

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    Ya no hay mitos ni leyendas, y ni siquiera quedan los lugares comunes de los años ñoños. A la pequeña, parida en el retrete, la han dejado en una escombrera, envasada en caja de cartón, con la cabeza metida en la bolsa de plástico de diez céntimos de Carrefour.

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