“Wodan, id est,
furor…”[1]
Adán
Bremense dijo,
el
primero,
en
latines,
el
nombre cabal de aquel dios del Aquilón,
y
lo que éste (des)cubría: al poeta
con
fiebres, tarado
porque
fuera su nombre
maravilloso
Y(a)hv(é)h
lo esconde
entre
los vikingos
los
thulir (valen
nuestros romanceros)
y,
luego,
los escaldos
(trovadores),
dieron mil y
un nombres a Odín,
encerrándolo en
estupendas figuras retóricas que llaman
kenningar
o heiti,
y que dicen su
naturaleza,
sus títulos,
sus atributos,
su aspecto,
su gente,
sus gracias,
su historia,
los animales
que lo acompañan,
lo repiten
o buscarán
acabarlo
dicen
sus nombres
al Caudillo de
los Aesir (una de las dos naciones
de divos),
a papá,
al Viejo (con
sus largas barbas),
al esposo, y
la delicia, de Frigg,
dicen las
bestias de su barra, el águila,
el oso,
los dos
cuervos,
el caballo,
y el lobo que
lo odia,
dicen
al gran
capitán (y la lanza,
o el yelmo,
que gasta para
la guerra),
al Viajero (en
traje de peregrino, con sombrero de ala ancha,
desastrada
capa
y bastón),
al Burlador,
al Mentiroso,
y al Verdadero,
al Gamberro,
al que se muda
en esto
y lo otro,
al Mago (y su
varita
de virtudes),
al Doble,
o al Tercero,
o Triple,
al Aullador,
y al de la voz
atiplada, de mariquita,
al Tuerto (que
ganó,
a trueque de
su ojo izquierdo,
musas),
al Juglar,
al que
gobierna las runas,
al que trae el
sueño,
al que arrea,
en el cielo, a la cabeza de una caravana
fantástica,
al Ahorcado, o
al señor, o visitador
de los
ahorcados,
al que te
recibe
al otro lado,
al Pálido, y al
Flaco,
a Yggr, o sea,
el Terrible,
al dios
muerto
[1] Hechos
de los pontífices de la Iglesia de Hamburgo, Libro IV, Descripción de las islas aquilonales. 1075 / 1076.
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