apartado en mi oficina,
vierto en la
alquitara de plomo el vino (es
de lágrima,
el sudor de la
uva que guarda lo que soy),
pongo la olla
mágica al fuego, suben (no: es
ascensión)
las partes
activas,
moquean las
narices del alambique,
y recoge la
cazuela de cobre sus humores destilados
(pero no son,
estas escrituras, el espíritu
perfecto
de aquel caldo
grosero,
primero,
sino las heces
que quedan pegadas al culo del vaso,
sus
excrementos
o madre)
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