dimecres, 5 de febrer del 2014

Baal y Ashêrâh





        tuvieron otros nombres,
        otras residencias

        yo voy a éstos,
        Ashêrâh
        y Baal,
        porque fatigaban la paciencia estreñida de Yahvéh

Ashêrâh y Baal eran nuestros señores celestiales
más blandos,
y proxenetas con colegio de maricas
y gamberras
empadronados en las orillas de sus templos

en las celdas de aquellos conventillos
divinos
visitaban los beatos empalmados
a los pupilos,
se vaciaban en ellos y dejaban
luego,
en la puerta de la dudosísima iglesia,
su bodrio

con todo ese tráfico prosperaban Baal y Ashêrâh,
chulos de sus apartados,
dedicados
príncipes


Yahvéh, aprensivo,
mierdica,
no los toleró,
y mandó a sus soldados meapilas que derribasen los santuarios,
que quemasen los palos santos
y las imágenes que repetían a aquellos dioses rufianes,
que degollasen a las lobas y a los perros que los servían
con sus culos, con sus coños talentosos[1]




[1] Éxodo, XXXIV, 13 – 16; Números, XXV; XXXI, 1 – 18; Deuteronomio, XXIII, 18 – 19; Jueces, II, 11 – 19; 1 Reyes, XIV, 21 – 24; XV, 12 – 14; XXII, 47; 2 Reyes, XXIII, 1 – 25; Ezequiel, XXIII; Osías, IV, 12 – 15; 2 Macabeos, VI, 1 – 4; Heródoto, I, 199; Sir James George Frazer, The Golden Bough, cap. 31.

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