tuvieron
otros nombres,
otras
residencias
yo
voy a éstos,
Ashêrâh
y
Baal,
porque
fatigaban la paciencia estreñida de Yahvéh
Ashêrâh y Baal
eran nuestros señores celestiales
más blandos,
y proxenetas
con colegio de maricas
y gamberras
empadronados
en las orillas de sus templos
en las celdas
de aquellos conventillos
divinos
visitaban los
beatos empalmados
a los pupilos,
se vaciaban en
ellos y dejaban
luego,
en la puerta
de la dudosísima iglesia,
su bodrio
con todo ese
tráfico prosperaban Baal y Ashêrâh,
chulos de sus
apartados,
dedicados
príncipes
Yahvéh,
aprensivo,
mierdica,
no los toleró,
y mandó a sus
soldados meapilas que derribasen los santuarios,
que quemasen
los palos santos
y las imágenes
que repetían a aquellos dioses rufianes,
que degollasen
a las lobas y a los perros que los servían
con sus culos,
con sus coños talentosos[1]
[1] Éxodo,
XXXIV, 13 – 16; Números, XXV; XXXI, 1
– 18; Deuteronomio, XXIII, 18 – 19; Jueces, II, 11 – 19; 1 Reyes, XIV, 21 – 24; XV, 12 – 14; XXII,
47; 2 Reyes, XXIII, 1 – 25; Ezequiel, XXIII; Osías, IV, 12 – 15; 2 Macabeos,
VI, 1 – 4; Heródoto, I, 199; Sir James George Frazer, The Golden Bough, cap. 31.
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