porque he andado despacio,
curiosísimo, su historia
en letra bastardilla (la primera,
digo,
y también la segunda, de sus mocedades
postizas),
porque repetí, con Mari Desa,
en un Fiat Uno azul marino sin
aire acondicionado (y era
agosto),
la geografía del rapto
fantástico
de sus hijas, hasta el robledo de
Corpes,
ayudado de mapas del Ejército,
porque la primera película que vi
en el cine
(en el Astoria) fue
la que lo contaba,
porque su estatua ecuestre en la
Plaza de España señalaba
la puerta de mi barrio,
porque prefiero su señorío
brevísimo
y sin suerte,
porque apellidaba a Valencia en
las libretitas
del colegio
de Tere,
sobre todo porque empieza su Cantar (mejor: el único texto
que lo guarda)
“de los sus ojos tan fuertemente
llorando”
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