dijous, 30 d’abril del 2015

zangandongo


        el zángano recibe su nombre, en nuestro romance,
        de sus zancas (papá-
        piernas-
        largas),
        y gasta los ojos
        enormes (¡para
        verte
        mejor,
        mirreina!),
        pero va desarmado, con un aguijón
        de juguete,
        y,
        debido a otras carencias,
        no puede libar el néctar (les traen la comida a la boca
        las obreras),
        ni transportar el polen
o los propóleos que se usan para los trabajos de albañilería

Plinio el Viejo[1] los llamó, por eso, “abejas
imperfectas”,
no verdaderas,
“novísimas”, o sea, empezadas
tarde,
hijas de la agotada ancianidad

y son los zánganos, es cierto, haploides, nacidos
de un huevo
huero,
vacío,
tonto

cuando hay hambruna en palacio los echan
de él,
y mueren flaquitos,
o tiritando,
en sus orillas,
y los mejores,
los que llegan a montar a la Infanta,
se terminan,
¡huy!,
descojonados

y qué: a mí me parece la suerte del zángano
la más feliz: habita
la estación suave,
y es peregrino ruidoso,
priápico,
de la Virgen morena,
suseñora,
la busca (segundo
donjuán) de conventillo en conventillo,
la espía saliendo de su celda, sigue
en el cielo
el escándalo de su celo,
a ver



[1] “…imperfectae apes, novissimaeque a fessis, et iam emeritis inchoactae, serotinus foetus…”  Plinio el Viejo, Historia Natural, XI, 11.

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