el zángano
recibe su nombre, en nuestro romance,
de sus zancas
(papá-
piernas-
largas),
y gasta los
ojos
enormes (¡para
verte
mejor,
mirreina!),
pero va
desarmado, con un aguijón
de juguete,
y,
debido a otras carencias,
no puede libar
el néctar (les traen la comida a la boca
las obreras),
ni transportar
el polen
o los propóleos que se usan para
los trabajos de albañilería
Plinio el Viejo[1] los
llamó, por eso, “abejas
imperfectas”,
no verdaderas,
“novísimas”, o sea, empezadas
tarde,
hijas de la agotada ancianidad
y son los zánganos, es cierto,
haploides, nacidos
de un huevo
huero,
vacío,
tonto
cuando hay hambruna en palacio
los echan
de él,
y mueren flaquitos,
o tiritando,
en sus orillas,
y los mejores,
los que llegan a montar a la
Infanta,
se terminan,
¡huy!,
descojonados
y qué: a mí me parece la suerte
del zángano
la más feliz: habita
la estación suave,
y es peregrino ruidoso,
priápico,
de la Virgen morena,
suseñora,
la busca (segundo
donjuán) de conventillo en
conventillo,
la espía saliendo de su celda,
sigue
en el cielo
el escándalo de su celo,
a ver
[1] “…imperfectae apes, novissimaeque a fessis, et iam
emeritis inchoactae, serotinus foetus…”
Plinio el Viejo, Historia Natural,
XI, 11.
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