ha regresado a puerto, cumplida su romería, la nave
enlutada
que llaman de Teseo,
y ya puede
Atenas (el monstruo
mezclado
de su democracia)
devorar a su hijo
mejor
en el centro
movedizo, burocrático, de otro laberinto
en las orillas
de su té blancuzco, Sócrates
se ha apartado con sus discípulos
más o menos
puñeteros (pero Platón
falta)
para armar (que
le importa mucho,
mucho)
su diálogo
culero
sé que hacéis, dice, primero (se
encogía
de hombros), befa
y bufa
de mí,
y sí, he ocupado mis cárceles
rimando
(¿torpemente?)
las fábulas de Esopo,
y componiendo un Himno a Apolo, el patrón de los aedos,
contradiciéndome
algo,
pues siempre he sostenido que la
filosofía es la música
más verdadera,
pero me fatigaba un sueño cabezón,
mandan
los dioses,
Sócrates,
que te dediques ahora, en las
penúltimas estaciones
de tu pasión, antes de subirte
a tu cruz,
a la poesía, si no
aprensivo,
el maestro defenderá que el alma
no se termina, y un cielo para el
filósofo
al otro lado,
con argumentos sofistas,
dudosísimos,
y con un cuento (una geografía de
tres pisos
y un ático con vistas, estupendo,
para los buenos, su loft
particular)
en su tercera navegación Sócrates
marea las aguas
turbias
del mythos,
guiado por Orfeo y sus alucinados
beatos,
y las ciénagas bajas de los
filosofastros,
y notaría el escándalo de los de
su corro,
y les dice (lo diría, ¿no?,
corrido), mirad que no son,
estos trabajos postrimeros, casi
póstumos,
de mi inteligencia,
tonterías,
que no busco con ellos mi
consolación, o la vuestra
o sí, sí, les dice (¿temblaba?):
esto era
y no era: sería
tan bonito poder creer en todo
esto, enlodar
con la diarrea de mi palabra nerviosa
el lógos,
hechizado por estas historias fantásticas
huir de embarrancar en la verdad
que me haría libre
pero acabable,
huy
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