Gasto (el
verbo, lo verás enseguida, viene
muy a
propósito)
dos relojes de
pulsera, según. Uno
pinta, sobre
fondo negro, una nave viquinga, de oro fingido,
y dice La
Crosse,
La Crosse (a
mis amigos buenos en montón).
El otro lo
llevó mi padre mientras le servía la cuenta
(el cuento)
de las horas.
Ayer,
al quitarme el
abrigo,
se me cayó al
suelo del comedor de Puebla. El cristal
se ha
astillado,
y los doce
números que resumen el día y la noche
con
indiferencia,
desclavados,
descendidos
de su
palosanto,
desordenan el
tiempo de sus aguas turbias,
poco profundas.
Conserva el apellido pijo, Pertegaz, y el cuarzo
que hace la materia de su corazón
seguro. He perdido,
papá,
con el accidente,
otro pedazo de tu cuerpo. Pero
andan las manecillas
y el segundero
aún, tic tac, tic
tac,
punteando mis nerviosas
melancolías.
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