si marease, no
podría descansar la barca nunca,
nunca,
en
puerto,
que
no sé los nudos, y los árbitros que conceden títulos
de capitán
me declararán,
seguro, impedido
para
el amarre
parecería,
seguro, torero desastrado (¡mira ése, los machos
desatados!)
en
el ruedo,
y,
en la
palestra, caballero
ridículo (las
calzas
en los pies)
gasté,
de infante,
pajarita,
y,
para la
fotografía de 3º C, con el padre Ángel, corbata: eran,
ay,
adornos de
pega, teatral
attrezzo
que mamá sujetaba
con una goma
recuerdo como trabajo
casi
iniciático
el aprendizaje
de los cordones de las botas,
y todavía
desurdo la armazón, que no entiendo, de los zapatos
nuevos,
y paso los
cordones cruzados
en la mili
aprendí a la fuerza, y he olvidado
adrede,
a hacerme la
corbata del traje
espantoso
de bonito
admiro la
inteligencia de los dedos
de los
ahorcados (y esto
me reconforta
algo: mi torpeza
buscaría otras
maneras menos horrorosas
de terminarme)
las
cremalleras se me abren, o se enganchan, pierdo
botones,
sirvo
de muy poca ayuda con collares y pulseras,
y,
apretado
por los nervios
y
la impaciencia,
deshago
bruto los vestidos
y
los ceñidores
de
mi dama
quien no da
nudo, dicen, pierde
punto:
por eso se me
desarreglan las costuras de la vida,
y uso como
remiendos, para apedazarla, las historias
que me cuento,
estoeraynoera

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