dimarts, 9 de desembre del 2014

golosina

        padecí algo de golosina, aquel “apetito desreglado de comer
sin necesidad”
cosas que sirven “más para el gusto,
que para sustento”[1]

        no me gustaba, aunque la mordía a veces, la regaliz,
esa especie de caña
        con baba
        y pelambre; mucho menos la falsa,
        de goma

        las pastillas de leche de burra, que compraba en la calle Albacete,
        añadían a su sabor dulzón la gracia
        de sus apellidos rústicos

        los chicles, sobre todo los bazooka,
        de tres (¿o eran cuatro?) pisos,
        me fatigaban, aunque me divertía un poco formar con ellos globos,
        hacerlos estallar
luego: prefería, para los recreos, el flash de naranja,
de limón,
y los caramelos de coca-cola que compraba en tiras
que no quería que se terminasen nunca,
nunca

en casa mamá nos regalaba (a mis amigos
también)
con choleck de chocolate o latas de surtidos de galletas
(pero sólo nos comíamos las que venían envueltas en papel de plata azul, verde, rojo)

hoy (casi, desde que llevo largos
los pantalones),
para beneficio de mis muelas, y por no enfadar
al estómago,
y aplazar, o debilitar, migrañas, evito
toda suerte de chucherías,
y no las echo de menos,
pero una tarde de éstas me armaré de valor, pondré
mi vida en el tablero,
y merendaré pan con chocolate, a la mierda
saludes
que de todos modos son intermitentes



       
       



[1] Diccionario de Autoridades.

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