padecí algo de golosina, aquel “apetito desreglado de comer
sin necesidad”
cosas que
sirven “más para el gusto,
que para
sustento”[1]
no
me gustaba, aunque la mordía a veces, la regaliz,
esa especie de
caña
con
baba
y
pelambre; mucho menos la falsa,
de
goma
las
pastillas de leche de burra, que compraba en la calle Albacete,
añadían
a su sabor dulzón la gracia
de
sus apellidos rústicos
los
chicles, sobre todo los bazooka,
de
tres (¿o eran cuatro?) pisos,
me
fatigaban, aunque me divertía un poco formar con ellos globos,
hacerlos
estallar
luego:
prefería, para los recreos, el flash de naranja,
de limón,
y los
caramelos de coca-cola que compraba en tiras
que no quería
que se terminasen nunca,
nunca
en casa mamá
nos regalaba (a mis amigos
también)
con choleck de
chocolate o latas de surtidos de galletas
(pero sólo nos
comíamos las que venían envueltas en papel de plata azul, verde, rojo)
hoy (casi,
desde que llevo largos
los
pantalones),
para beneficio
de mis muelas, y por no enfadar
al estómago,
y aplazar, o
debilitar, migrañas, evito
toda suerte de
chucherías,
y no las echo
de menos,
pero una tarde
de éstas me armaré de valor, pondré
mi vida en el
tablero,
y merendaré
pan con chocolate, a la mierda
saludes
que de todos
modos son intermitentes
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