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dieron
muy mala sombra los árboles
al
hijo del hombre (al mayor
de
María)
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¡lo
aojarían por el oficio de su padre
putativo,
que en su taller volvía
sus cuerpos (respiraban) en vigas,
en mesas,
en cruces,
en cucharas!)
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y
mira
la
higuera
en
el camino que sube de Betania a Jerusalén,
no
dio a Jesús brevas (y se hubiera desayunado con ellas,
que
venía cansado,
después
de los hosanna, hosanna, y el follón
del
zoco),
y
la secó,
por
eso,
decepcionado
por esta afrenta
íntima[1]
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al
otro lado de la torrentera vacía del Cedrón, en el olivar
de Getsemaní,
Jesús rezaba,
lleno de miedo
Pedro, Santiago y Juan
velaban (mal,
roncando en un rincón
del huerto)
sus oraciones. ¡Abbá,
abbá!
¿no me ahorrarás lo que
toca
ahora? pero papá
callaba[2]
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“Eloí, Eloí, ¿lema sabactini?” Su dios
tampoco
dijo
nada
en ésta,
la última
(como no fuese epifanía
esta oscuridad
que ha estropeado la
tarde desde el mediodía
hasta la hora nona),
y el Cristo,
clavado
al palo,
no supo nada
seguro[3]
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