dimarts, 29 d’abril del 2014

Árboles del Cristo



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        dieron muy mala sombra los árboles
        al hijo del hombre (al mayor
        de María)

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        ¡lo aojarían por el oficio de su padre
        putativo,
que en su taller volvía sus cuerpos (respiraban) en vigas,
en mesas,
en cruces,
en cucharas!)

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        y mira
        la higuera
        en el camino que sube de Betania a Jerusalén,
        no dio a Jesús brevas (y se hubiera desayunado con ellas,
        que venía cansado,
        después de los hosanna, hosanna, y el follón
        del zoco),
        y la secó,
        por eso,
decepcionado
por esta afrenta
íntima[1]


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        al otro lado de la torrentera vacía del Cedrón, en el olivar
de Getsemaní,
Jesús rezaba,
lleno de miedo

Pedro, Santiago y Juan velaban (mal,
roncando en un rincón del huerto)
sus oraciones. ¡Abbá,
abbá!
¿no me ahorrarás lo que toca
ahora? pero papá
callaba[2]

*****       
        Eloí, Eloí, ¿lema sabactini?” Su dios
tampoco
dijo
nada
en ésta,
la última
(como no fuese epifanía esta oscuridad
que ha estropeado la tarde desde el mediodía
hasta la hora nona),
y el Cristo,
clavado
al palo,
no supo nada
seguro[3]



[1] Marcos, XI, 12 – 14; 20 – 24; Mateo, XXI, 18 – 22; Juan, XII, 12 – 15.
[2] Marcos, XIV, 32 – 42; Mateo, XXVI, 36 – 46; Lucas, XXII, 40 - 45.
[3] Marcos, XV, 32 – 34.

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