soy incapaz de
dar una cabezadita, así, en cualquier parte, en el sofá, por ejemplo,
en el autobús,
en los aviones transatlánticos,
¡en público!
yo tengo que
hacer mis siestas
apartadamente,
y acostado en
la cama, en posición, casi,
fetal,
como buscando regresar
a los mares turbios, tibios,
anteriores al
tiempo,
y al mundo
acudo puntual a
la que ayuda a la digestión,
después de la
comida del mediodía: ésta
solía hacerla
brevísima, tanto
que movía la
admiración, y divertía, a mi gente; últimamente
no,
y,
como me llegue
a ella con el cansancio dulce del ejercicio,
la alargo hasta
que gana el título de siestorra
si son en el verano, y sirven al
estómago, parecen saludables,
veniales
faltas,
pero yo cometo vicio mortal,
pues las hago en todas las
estaciones,
y en pijama
(sin orinal),
y de todas las
especies, la que dicen del borrego,
o del carnero,
es exquisita,
y también me
sienta muy bien esa otra, cerca de la cena,
que yo llamo mi costumbre,
la prologo leyendo un poco de los
libros que se apilan en mi mesilla de noche,
y a ti te enfada,
o te inquieta, un poco, ¿será
que está malo?
no, no: salgo de esos sueñecitos
muy reparado,
desperezándome para empezarme
otra vez
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