dimecres, 3 de juny del 2015

teoría y práctica de la siesta


        soy incapaz de dar una cabezadita, así, en cualquier parte, en el sofá, por ejemplo,
        en el autobús, en los aviones transatlánticos,
        ¡en público!

        yo tengo que hacer mis siestas
        apartadamente,
        y acostado en la cama, en posición, casi,
        fetal,
        como buscando regresar a los mares turbios, tibios,
        anteriores al tiempo,
        y al mundo

        acudo puntual a la que ayuda a la digestión,
        después de la comida del mediodía: ésta
        solía hacerla brevísima, tanto
        que movía la admiración, y divertía, a mi gente; últimamente
        no,
        y,
        como me llegue a ella con el cansancio dulce del ejercicio,
        la alargo hasta que gana el título de siestorra

si son en el verano, y sirven al estómago, parecen saludables,
veniales
faltas,
pero yo cometo vicio mortal,
pues las hago en todas las estaciones,
y en pijama
        (sin orinal),
        y de todas las especies, la que dicen del borrego,
        o del carnero,
        es exquisita,
        y también me sienta muy bien esa otra, cerca de la cena,
que yo llamo mi costumbre,
la prologo leyendo un poco de los libros que se apilan en mi mesilla de noche,
        y a ti te enfada, o te inquieta, un poco, ¿será
que está malo?

no, no: salgo de esos sueñecitos
muy reparado,
desperezándome para empezarme
otra vez


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