sé la
habitación de mi prólogo,
pero no puedo
contarla, solamente
deducir un
útero alborozado
(¡las
albricias del hijo
primero!),
con humos,
algo rabioso,
aprensivo
fue vivero
entoldado,
mi
tohu y bohu particular
de
aquel cielo estrecho con paredes blandas,
húmedas,
movedizas,
nerviosas,
me ha quedado
una querencia hacia la tiniebla,
hacia los
fondos del mar
y las bañeras
calentitas,
la necesidad
de estar ancho
y el asco de
los ruidos
del mundo
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