cerca de su Pasión
lo
acompañaron,
lloronas,
en el
Camino del Calvario, las “hijas
de
Jerusalén”[1]
todo lo
miraban “desde lejos” (al maestro
aupado
al palo)
las
mujeres que lo habían seguido desde Galilea,
sirviéndolo,
María
Magdalena,
María,
la madre de Santiago el menor y de José,
Salomé[2]
a pie
de la cruz, para que ahíje
a su
favorito,
y la
tenga él por madre
segunda,
y le dé
habitación nueva en su casa,
sólo la
cuenta Juan[3]
pero
“Lucas”, en su segundo
libro,
ya hace
a María su beata, de su corro
fantástico[4]
sus privados
fue cena que empezó
mucho,
se sentaba a la mesa al lado
de miseñor, era
el discípulo “al que Jesús
amaba”,
se recostó sobre su pecho, y
el hijodelhombre le dijo
apartadamente
algo[5]
lo ha ahijado ahora
a María,
y dale, Juan (era, claro,
Juan), dormitorio
y plato
en tu casa,
y entérala,
cuando toque,
de lo que te conté a
escuchitas durante la cena,
qué
soy,
que fuera mamá también
mi secretaria,
por eso
noticias de su final
los
libros que componen el Nuevo Testamento,
la vida
autorizada
del Cristo,
callan,
o no
saben,
los
últimos días de María
no les
importaron, o no notaron en ellos nada
extraordinario
palmera
su hijo
maravilloso
la
había desconocido, ésa
no era
mi madre,
ni ésos
son mis hermanos, vosotros,
que
hacéis corro alrededor de mi palabra, valéis
mi
madre y mis hermanos,
es que
en Nazaret decían, el mayor de José anda por ahí
titulándose
hijodelhombre,
el
Cristo
último,
ella
quería que volviera a casa,
que se
ocupase de la carpintería,
y
ahora,
huérfana
nueva,
lo
lloraba, era
su
romera, la primera peregrina, si no cuentas
a los
magos de Oriente,
apoyada
en el bordón
seguro
de sus dolores
visitó todos los lugares
santos de Judea, Samaria, Galilea...
en unos pocos
el misterio la había tocado
también a ella, sobre todo
a ella;
los demás milagros eran
cuentos
que se contaban
los de su barra
fue al Jordán (sus playas
vacías),
se perdió en desierto cuarenta
días (y el Otro
no la tentó con esto,
con esto),
llamaba a las casas que le
habían dicho, y éste
veía,
y a ésta ya no la fatigaban
demonios,
porque Jesús los había tocado,
almorzó en un patio, con un
Lázaro
gastado,
perdido
en este lado,
se mojó los pies en las
orillas del Lago Tiberíades,
subió al monte alto donde
decían que se había transfigurado,
en Jerusalén cada jueves
cenaba en casa de fulano, pan
y vino,
y luego iba a Getsemaní, y
lloraba (sangre
no),
los viernes se apeaba en las
catorce estaciones de la pasión
de su mayor,
el sábado velaba en el calvero
del Gólgota, el domingo
a la boca de un sepulcro
vaciado,
hasta a Egipto huía, encima de
una mula, en alguna pesadilla,
sólo a Belén no pudo ir,
demasiadas madres tristes,
amargas
anunciación segunda
ahora estaba en Nazaret,
rondaba
el huerto donde él Ángel la
había mareado,
y segunda vez la cubría con su
(¿mala?) Sombra,
para esta anunciación
peor,
te terminas,
María,
y será dentro de tres días,
pues conviene a la economía de
mi historia,
y toma esta palma que podrá
mucho,
y súbete con ella al Monte de
los Olivos
(no,
fue
en Belén,
o en Jerusalén, fue,
esto
seguro,
en algún lugar significativo,
que tocase en la vida
de cuento
de su hijo)
y fue
en viernes
Ascensión a Monte Olivete
María
subía por las faldas del monte dándose aire
con la datilera
y a su paso todo el campo bullía
contento, las flores
la saludaban,
un enjambre de abejas la
guardaba, sudaban
las aceitunas,
de nuevo dio higos la higuera
que Jesús había secado una tarde
de rabia
y miedo
en el camino de Betania,
arriba
otra vez
le salió el Ángel,
tampoco
ahora
quiso descubrirle
su nombre,
sólo
el aparato que acompañaría su
final
oración (I)
María estaba a la sazón en
casa de José de Arimatea,
que se había ocupado del
cuerpo
casi
divino
y custodiará, en otros
cuentos, el Grial,
y se recogió en su cuarto,
rezaba,
¿no me
velarás, hijo,
ahora?
mira
que ya rompo aguas, y en el torrente voy a alumbrar
mi
muerte
sumanuel
callaba, no decía
nada
segundos oficios fúnebres
de José
de Arimatea
--Llamad
a este otro José, el de Arimatea.
Mientras
él venía sus tres criadas
vírgenes,
Séfora,
Abigea
y Zael,
la bañaron.
José el
de Arimatea entró con el rosario en las manos y la letanía
en los labios.
--Avemaría
purísima, madre de miseñor, alambique
donde se destiló su esencia,
cocedero de su mosto, mecedora
de su vino,
su habitación primera,
rosa
morena,
torre,
la puerta del cielo, lucerillo
del alba,
reina,
rocío,
carmencita.
--Huy,
José, me gastarás los títulos
y las piedrecitas.
--No
hay nombres
ni cuentas
ni dedos
suficientes.
María
suspiró.
--José,
me muero.
--No
digas eso...
--José,
tú bajaste a mi mayor
de la cruz,
lo vestiste...
Y sé que guardas el cáliz de
su sangre,
su sudor.
Ahora quiero que te ocupes de
mí.
--¿Y
podré
tanto?
--Antes
echa a los demonios de esta casa, que me quieren
muy mal,
Jesús les fue detrás con tanta
saña.
--Bueno.
--Luego
me das los óleos, y me pones
la mortaja,
la comencé el mal viernes que
se me fue mi hijo. Anda,
corre.
Volvió
José el de Arimatea con trastos y potingues,
ensartando conjuros, dando
las paces y regando los
rincones de la casa con agua bendita.
Después
entró con aires de médico en el dormitorio de María,
que se había tendido sobre la
cama.
Sus tres doncellas la
guardaban.
José llevaba un cuenco de
aceite en la mano izquierda.
Untó el pulgar de la derecha y
fue dibujando
cruces,
muy despacio,
en los ojos cerrados de María,
en sus oídos, en su nariz,
en sus labios, en sus manos, en
sus pies
y, por fin, desanudando un lazo de la saya,
en su maravilloso vientre.
--Con
esto, señora, tu alma está en salvo
y en sagrado,
a cobijo de diablos.
--Ahora,
entonces, mis tres vírgenes te vendarán los ojos. Yo
me desnudaré
y tú me pondrás a tientas el
sudario.
Séfora, Abigea y Zael guiarán
tus manos.
Cumplido
su segundo oficio
funerario
José el de Arimatea se sale de
este cuento
y sigue con el de las
aventuras del Grial.
apellidados
quiero que apellides, hijo, a
tus once apóstoles
mejores,
y a aquel Pablo
famoso,
que rodean el mundo
repartiendo tu palabra,
que acompañasen mis penúltimas
horas
aquí
vino el primero Juan,
de Éfeso,
luego
Pedro, desde Roma, Pablo desde
Tiberia,
Santiago desde Jerusalén,
Marcos desde Alejandría,
Mateo desde un mar que no
sabía, Bartolomé desde la Tebaida,
otros de entre los muertos
(Tomás
faltó),
y la entretuvieron con sus
viajes
fantásticos
instrucciones
María
hipaba,
Juan, mi hijo
último,
tengo miedo, no
por mi alma, que será, me
parece, pan
celestial,
sino por mi cadáver.
Lo rondarán los judíos, y si
lo robasen harían con él
cochinadas,
y lo darían
luego
al fuego. No quieren
reliquias
enfadosas.
El domingo me termino,
casi,
y quiero repetir la suerte
de mimanuel,
deja mi cuerpo en un sepulcro
nuevo, ciérralo con una piedra
pesada,
pon centinelas en su boca. Tres
días
bastarán.
--Amén.
--Serás,
además,
mi palmero. ¿Ves
esa datilera? Es cosa
del cielo.
Llévala tú en la procesión,
y nos servirá de escudo.
vela
Fuera,
Zael, Séfora y Abigea servían candelas
y vino,
y se cantaron los salmos más
gozosos. Dentro
rezaban
muy fuerte
los apóstoles,
y la moribunda
con la voz
rota.
Por alumbrar mejor el velorio
se descolgó el sol
y se puso al costado de la
luna.
Entra Él
Con la
mañana María soltó un suspiro.
--Que
viene...
Jerusalén
se durmió
con las guitarras.
--Jesús,
hijo, me prometiste que vendrías solo, y mira qué follón
de serafines...
--No me
los quito de encima, mamá.
--Dime
cosas bonitas, para distraerme
del miedo.
--Tu
ombligo, la taza de la luna. Tu vientre,
un campo de trigo cercado de
violetas.
Los dos pechos que me diste,
dos borreguitos
gemelos.
--Eso
es del Cantar de los Cantares, se lo
decía Salomón
a su
amiga.
--Yo no
tengo
su
gracia.
--Consuélame
aún.
--Todas
las mujeres llevarán tus nombres. Irán a quererte
en lo hondo de las cavernas,
en los barrancos de las
sierras,
en catedrales que tocarán el suelo
del cielo,
en capillas subterráneas. Te
dirán
piropos
en todas las lenguas.
--Calla,
que me pongo colorada. Hale,
vámonos. ¿Pasa algo?
--No
vienes entera todavía. Hoy
me llevo conmigo el espíritu,
pero hasta dentro de tres días
no puedo cargar con tu cuerpo. Son
plazos que impone papá,
maniático.
--Ay.
Amén.
dormición
Jesús
se ha hecho humo,
bosteza
el mundo, se ha dormido
María.
Todo
se para.
No querían
lamentos.
Están
de sobra las plañideras. Ninguno
se mesaba las barbas,
ni se estropeaba la camisa,
ni se arañaba la cara.
No se echaban tierra en la
cabeza.
Traslado
La
procesión
no adelantaba.
Enterados de la muerte de
María cientos de judíos
en germanía
salieron a estorbarlos. No sé
qué hizo Juan
Palmero
que los cegó
y los arrojó a los infiernos.
Uno
sí pudo alcanzar la litera de
María,
con el mal ánimo de volcarla.
Entre los que relatan el
suceso, uno
lo llama Rubén, otro
Jefonías,
y el tercero le da rango pero
no nombre, un pontífice. Ocurrió
que al tocar las angarillas de
la caja
se le secaron los brazos hasta
los codos.
de entierro
El
duelo acompañó a María
hasta Getsemaní, y allí
la despidieron,
dejándola encerrada en un
sepulcro nuevo, excavado en la roca.
Taparon el sepulcro con una
piedra, igual
que la otra vez,
a ver.
dominical
En el
mismo huerto Pablo ofició la misa
de difuntos.
En su homilía hacía la glosa
del domingo.
--Domingo
fue
la Anunciación. Un domingo
nació el Mesías en Belén. Hubo
un domingo
de hosannas
y ramos,
y al otro
resucitó
el Salvador.
Nos
juzgarán en domingo.
Pues este domingo, ¿veis?, enterramos
a su madre.
--Imbécil
--le interrumpió un loco que iba medio desnudo,
trapero--. Enfadaba al
hijodelhombre
el sábado,
y ahora venís vosotros a
santificar el domingo.
No entendéis
nada, todo
lo torcíais. Dijo
Jesús, yo
no soy esclavo del sábado,
sino
su señor.
Al
lunático lo corrieron a pedradas.
centinelas negligentes
La
mayoría regresó a sus hogares. Sólo
los apóstoles quedaron de
celadores en Getsemaní.
Allí, aquella primera
vez,
con el hijodediós,
fallaron. Ahora
también.
Serenos
perezosos,
la aurora del miércoles los
pilló roncando. Todos
soñaron
la asunción
de María. Ninguno
pudo verla.
Para
confirmar sus visiones apartaron
la
piedra.
La
celdilla desalojada olía
a gloria. El perfume
los emborrachó.
lo de Tomás
Tomás,
que predicaba en las Indias,
tardó,
y se
perdió la muerte
dulcísima
de
María,
sus
horas últimas
aquí.
Algo le
aprovechó,
con todo,
el retraso,
pues ganaba
la gracia
de asistir a su tránsito.
--¡María
de la Asunción! --susurró
embobado.
María
sonrió desde allá arribota,
desde dentro de la mandorla.
--Eres
lento
en tu devoción,
y segunda vez vas a sacar
ventaja de ello.
¿Te acuerdas?
En un guijarral de la ribera
del lago de Genezaret viste al Cristo
resucitado
y dudaste. ¿Era
Él? Él
te cogió la mano,
dijo,
tócame aquí,
aquí,
las huellas de los hierros que
lo habían
acabado.
Jesús y tú erais
clavados.
La gente os confundía. Decían,
ahí van
los mellizos.
Si mi mayor viviese
aún
se parecería a ti
ahora,
los años habrían trazado los
mismos dibujos en tu rostro. Por eso,
porque lo repites,
te doy
tanto.
María
se soltó
el ceñidor,
que cayó
suavemente
desde la almendra
de nieve.
Tomás lo recogió
tiritando
los
apóstoles salieron acariciando la sábana
que
había guardado el cuerpo de María,
y
vieron a Tomás
les
contó, y ¡mirad!,
su
ceñidor,
que
abrazaba su vientre
poderosísimo
¡no ha
sido puntual
en su
fe
y
considerad qué otros fueros le han otorgado!
vara de luces
el cielo se ha encapotado, cae
un chaparrón,
una tormenta de verano (de
quince
de agosto),
don Lorenzo abre
luego
las persianas
y el arco iris da un brochazo
en las paredes del mundo
pues repetía el arco iris el
ceñidor de María
cayendo
por el aire
otro ceñidor
Cupido trastea,
gamberro,
con el ceñidor
mágico
de Venus,
lo desata con sus manos
gorditas
doña Amor finge vergüenzas
que su sonrisa
traviesa,
y el rubor que le enciende las
mejillas,
desmienten
(las novias romanas se daban
a sus maridos
la noche de bodas
soltándose
primero
el cinturón)
Lady
Hamilton posó para Sir Joshua Reynolds
bajo la intimidad de un toldo,
en la glorieta
de la casa londinense del
pintor
segunda venida de María
en la isla de Patmos Juan
cogió, mareado, al dictado
del hijodelhombre,
esto
abrió el Cordero degollado el
séptimo sello del Libro, sonaron
siete trompetas
señales cruzaron el horizonte,
una
ésta,
una mujer
en el cielo,
no gasta nombre
ni apellidos, ha tenido
camareros
estupendos,
la viste el sol, la luna
la ha calzado, la peinan
doce luceros (viene
preñada)
el Lagarto
Cabrón, peludo
y escamado,
rojo,
se planta a la puerta de su
tienda, espía el parto,
echaba
baba
lloró un Niño, con inicial
mayúscula (sería
rey,
nuestroseñor),
y la bestia entró para devorarlo,
pero Dios se lo había
arrebatado, esto
ya ha pasado,
esto está pasando, esto va
pasar
siempre, lloraba su madre
(segunda vez
huérfana)
la recién parida huyó al
desierto, a las habitaciones
que Dios ha levantado para
ella,
y sus alacenas guardan pan
divinal
que la alimentará mil
doscientos sesenta días,
luego
no sé,
luego se termina todo,
todo
asunción algo impúdica
María
Magdalena había aprendido la lengua
de oc
para poder entender las coplas
que escribían para ella
los trovadores provenzales
pasaban los años (los siglos)
y ella andaba aquellas soledades
deliciosas
sin que ninguna mudanza la
estropease,
sólo se le habían gastado los
vestidos, ahora iba
silvestre,
y no tenía peine, y arrastraba
la dulcísima cabellera
hoy bajan, de parte de Jesús,
para robársela a la muerte
y a los poetas
la Magdalena parece algo
enfadada, me distraía
mucho
con el cancionero,
me dejáis con la miel de sus
letras en los labios
la Magdalena parece
un poco asustada, de aquellos
ocho angelicos regordetes
el que se le mete por debajo
de las faldas
y el que revolotea a su
espalda
tienen la mirada de fauno,
y los otros zumban a su
alrededor como nerviosas
moscardas
para que se resigne a su
tránsito un ángel
juglar
toca la bandurria para la
amiga de su señor
esta
otra
María,
la que pinta José
Antolínez,
se sube a los cielos
sin halos de santa
ni velos,
con la melena
suelta,
tapándose las mamas que
nunca dieron leche, sólo
amor,
con las manos

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