dimecres, 15 de maig del 2013

Tránsitos de la Virgen




        cerca de su Pasión

        lo acompañaron,
        lloronas,
        en el Camino del Calvario, las “hijas
        de Jerusalén”[1]

        todo lo miraban “desde lejos” (al maestro
        aupado al palo)
        las mujeres que lo habían seguido desde Galilea,
        sirviéndolo,
        María Magdalena,
        María, la madre de Santiago el menor y de José,
        Salomé[2]

        a pie de la cruz, para que ahíje
        a su favorito,
        y la tenga él por madre
        segunda,
        y le dé habitación nueva en su casa,
        sólo la cuenta Juan[3]

        pero “Lucas”, en su segundo
        libro,
        ya hace a María su beata, de su corro
        fantástico[4]



sus privados

fue cena que empezó
mucho,
se sentaba a la mesa al lado de miseñor, era
el discípulo “al que Jesús amaba”,
se recostó sobre su pecho, y el hijodelhombre le dijo
apartadamente
algo[5]

lo ha ahijado ahora
a María,
y dale, Juan (era, claro, Juan), dormitorio
y plato
en tu casa,
y entérala,
cuando toque,
de lo que te conté a escuchitas durante la cena,
qué
soy,
que fuera mamá también
mi secretaria,
por eso



        noticias de su final

        los libros que componen el Nuevo Testamento, la vida
autorizada
del Cristo,
callan,
        o no saben,
        los últimos días de María

        no les importaron, o no notaron en ellos nada
        extraordinario
       


        palmera

        su hijo
        maravilloso
        la había desconocido, ésa
        no era mi madre,
        ni ésos son mis hermanos, vosotros,
        que hacéis corro alrededor de mi palabra, valéis
        mi madre y mis hermanos,
        es que en Nazaret decían, el mayor de José anda por ahí
        titulándose hijodelhombre,
        el Cristo
        último,
        ella quería que volviera a casa,
        que se ocupase de la carpintería,
        y ahora,
        huérfana
        nueva,
        lo lloraba, era
        su romera, la primera peregrina, si no cuentas
        a los magos de Oriente,
        apoyada en el bordón
seguro
de sus dolores
visitó todos los lugares santos de Judea, Samaria, Galilea...

en unos pocos
el misterio la había tocado también a ella, sobre todo
a ella;
los demás milagros eran cuentos
que se contaban
los de su barra


fue al Jordán (sus playas
vacías),
se perdió en desierto cuarenta días (y el Otro
no la tentó con esto,
con esto),
llamaba a las casas que le habían dicho, y éste
veía,
y a ésta ya no la fatigaban demonios,
porque Jesús los había tocado,
almorzó en un patio, con un Lázaro
gastado,
perdido
en este lado,
se mojó los pies en las orillas del Lago Tiberíades,
subió al monte alto donde decían que se había transfigurado,
en Jerusalén cada jueves cenaba en casa de fulano, pan
y vino,
y luego iba a Getsemaní, y lloraba (sangre
no),
los viernes se apeaba en las catorce estaciones de la pasión
de su mayor,
el sábado velaba en el calvero del Gólgota, el domingo
a la boca de un sepulcro
vaciado,
hasta a Egipto huía, encima de una mula, en alguna pesadilla,
sólo a Belén no pudo ir, demasiadas madres tristes,
amargas



anunciación segunda

ahora estaba en Nazaret, rondaba
el huerto donde él Ángel la había mareado,
y segunda vez la cubría con su (¿mala?) Sombra,
para esta anunciación
peor,
te terminas,
María,
y será dentro de tres días,
pues conviene a la economía de mi historia,
y toma esta palma que podrá
mucho,
y súbete con ella al Monte de los Olivos

(no,
fue
en Belén,
o en Jerusalén, fue,
esto
seguro,
en algún lugar significativo,
que tocase en la vida
de cuento
de su hijo)

y fue
en viernes


        Ascensión a Monte Olivete

        María subía por las faldas del monte dándose aire
con la datilera
y a su paso todo el campo bullía contento, las flores
la saludaban,
un enjambre de abejas la guardaba, sudaban
las aceitunas,
de nuevo dio higos la higuera que Jesús había secado una tarde
de rabia
y miedo
en el camino de Betania,
arriba
otra vez
le salió el Ángel,
tampoco
ahora
quiso descubrirle
su nombre,
sólo
el aparato que acompañaría su final



        oración (I)

María estaba a la sazón en casa de José de Arimatea,
que se había ocupado del cuerpo
        casi divino
y custodiará, en otros cuentos, el Grial,
y se recogió en su cuarto,
rezaba,
        ¿no me velarás, hijo,
        ahora?
        mira que ya rompo aguas, y en el torrente voy a alumbrar
        mi muerte

        sumanuel callaba, no decía
        nada


        segundos oficios fúnebres
       de José de Arimatea

        --Llamad a este otro José, el de Arimatea.
        Mientras él venía sus tres criadas
vírgenes,
Séfora,
Abigea
y Zael,
la bañaron.
        José el de Arimatea entró con el rosario en las manos y la letanía
en los labios.
        --Avemaría purísima, madre de miseñor, alambique
donde se destiló su esencia,
cocedero de su mosto, mecedora
de su vino,
su habitación primera,
rosa
morena, 
torre,
la puerta del cielo, lucerillo
del alba,
reina,
rocío,
carmencita.
        --Huy, José, me gastarás los títulos
y las piedrecitas.
        --No hay nombres
ni cuentas
ni dedos
suficientes.
        María suspiró.
        --José, me muero.
        --No digas eso...


        --José, tú bajaste a mi mayor
de la cruz,
lo vestiste...
Y sé que guardas el cáliz de su sangre,
su sudor.
Ahora quiero que te ocupes de mí.
        --¿Y podré
tanto?
        --Antes echa a los demonios de esta casa, que me quieren
muy mal,
Jesús les fue detrás con tanta saña.
        --Bueno.
        --Luego me das los óleos, y me pones
la mortaja,
la comencé el mal viernes que se me fue mi hijo. Anda,
corre.
       
        Volvió José el de Arimatea con trastos y potingues,
ensartando conjuros,  dando
las paces y regando los rincones de la casa con agua bendita.
        Después entró con aires de médico en el dormitorio de María,
que se había tendido sobre la cama.
Sus tres doncellas la guardaban.
José llevaba un cuenco de aceite en la mano izquierda.
Untó el pulgar de la derecha y fue dibujando
cruces,
muy despacio,
en los ojos cerrados de María,
en sus oídos, en su nariz,
en sus labios, en sus manos, en sus pies
y, por fin,  desanudando un lazo de la saya,
en su maravilloso vientre.


        --Con esto, señora, tu alma está en salvo
y en sagrado,
a cobijo de diablos.
        --Ahora, entonces, mis tres vírgenes te vendarán los ojos. Yo
me desnudaré
y tú me pondrás a tientas el sudario.
Séfora, Abigea y Zael guiarán
tus manos. 

        Cumplido su segundo oficio
funerario
José el de Arimatea se sale de este cuento
y sigue con el de las aventuras del Grial.


apellidados

quiero que apellides, hijo, a tus once apóstoles
mejores,
y a aquel Pablo
famoso,
que rodean el mundo repartiendo tu palabra,
que acompañasen mis penúltimas horas
aquí

vino el primero Juan,
de Éfeso,
luego
Pedro, desde Roma, Pablo desde Tiberia,
Santiago desde Jerusalén, Marcos desde Alejandría,
Mateo desde un mar que no sabía, Bartolomé desde la Tebaida,
otros de entre los muertos (Tomás
faltó),
y la entretuvieron con sus viajes
fantásticos


        instrucciones

        María
hipaba,
Juan, mi hijo
último,
tengo miedo, no
por mi alma, que será, me parece, pan
celestial,
sino por mi cadáver.
Lo rondarán los judíos, y si lo robasen harían con él
cochinadas,
y lo darían
luego
al fuego. No quieren
reliquias
enfadosas.
El domingo me termino,
casi,
y quiero repetir la suerte
de mimanuel,
deja mi cuerpo en un sepulcro nuevo, ciérralo con una piedra
pesada,
pon centinelas en su boca. Tres días
bastarán.
        --Amén.
        --Serás,
además,
mi palmero. ¿Ves
esa datilera? Es cosa
del cielo.
Llévala tú en la procesión,
y nos servirá de escudo.


        vela

        Fuera, Zael, Séfora y Abigea servían candelas
y vino,
y se cantaron los salmos más gozosos. Dentro
rezaban
muy fuerte
los apóstoles,
y la moribunda
con la voz
rota.
Por alumbrar mejor el velorio se descolgó el sol
y se puso al costado de la luna.


        Entra Él

        Con la mañana María soltó un suspiro.
        --Que viene...
        Jerusalén se durmió
con las guitarras.
        --Jesús, hijo, me prometiste que vendrías solo, y mira qué follón
de serafines...
        --No me los quito de encima, mamá.
        --Dime cosas bonitas, para distraerme
del miedo.
        --Tu ombligo, la taza de la luna. Tu vientre,
un campo de trigo cercado de violetas.
Los dos pechos que me diste, dos borreguitos
gemelos.
        --Eso es del Cantar de los Cantares, se lo decía Salomón
        a su amiga.
        --Yo no tengo
        su gracia.
        --Consuélame
        aún. 
        --Todas las mujeres llevarán tus nombres. Irán a quererte
en lo hondo de las cavernas,
en los barrancos de las sierras,
en catedrales que tocarán el suelo del cielo,
en capillas subterráneas. Te dirán
piropos
en todas las lenguas.
        --Calla, que me pongo colorada. Hale,
vámonos. ¿Pasa algo?
        --No vienes entera todavía. Hoy
me llevo conmigo el espíritu,
pero hasta dentro de tres días no puedo cargar con tu cuerpo. Son
plazos que impone papá,
maniático.
        --Ay. Amén.


        dormición
       
Jesús
se ha hecho humo,
bosteza
el mundo, se ha dormido
María.
Todo
se para.
No querían
lamentos.
        Están de sobra las plañideras. Ninguno
se mesaba las barbas,
ni se estropeaba la camisa,
ni se arañaba la cara.
No se echaban tierra en la cabeza. 


        Traslado

        La procesión
no adelantaba.
Enterados de la muerte de María cientos de judíos
en germanía
salieron a estorbarlos. No sé qué hizo Juan
Palmero
que los cegó
y los arrojó a los infiernos. Uno
sí pudo alcanzar la litera de María,
con el mal ánimo de volcarla.
Entre los que relatan el suceso, uno
lo llama Rubén, otro
Jefonías,
y el tercero le da rango pero no nombre, un pontífice. Ocurrió
que al tocar las angarillas de la caja
se le secaron los brazos hasta los codos.


        de entierro

        El duelo acompañó a María
hasta Getsemaní, y allí
la despidieron,
dejándola encerrada en un sepulcro nuevo, excavado en la roca.
Taparon el sepulcro con una piedra, igual
que la otra vez,
a ver.


        dominical

        En el mismo huerto Pablo ofició la misa
de difuntos.
En su homilía hacía la glosa del domingo.
        --Domingo fue
la Anunciación. Un domingo
nació el Mesías en Belén. Hubo un domingo
de hosannas
y ramos,
y al otro
resucitó
el Salvador.
        Nos juzgarán en domingo.  
Pues este domingo, ¿veis?, enterramos
a su madre.
        --Imbécil --le interrumpió un loco que iba medio desnudo,
trapero--. Enfadaba al hijodelhombre
el sábado,
y ahora venís vosotros a santificar el domingo.
No entendéis
nada, todo
lo torcíais. Dijo
Jesús, yo
no soy esclavo del sábado, sino
su señor. 
        Al lunático lo corrieron a pedradas.



        centinelas negligentes

        La mayoría regresó a sus hogares. Sólo
los apóstoles quedaron de celadores en Getsemaní.
Allí, aquella primera
vez,
con el hijodediós,
fallaron. Ahora
también.
Serenos
perezosos,
la aurora del miércoles los pilló roncando. Todos
soñaron
la asunción
de María. Ninguno
pudo verla.
        Para confirmar sus visiones apartaron
        la piedra.
        La celdilla desalojada olía
a gloria. El perfume
los emborrachó.


        lo de Tomás

Tomás,
que predicaba en las Indias,
tardó,
        y se perdió la muerte
        dulcísima
        de María,
        sus horas últimas
        aquí.
        Algo le aprovechó,
con todo,
el retraso,
pues ganaba
la gracia
de asistir a su tránsito.
        --¡María de la Asunción! --susurró
embobado.
        María sonrió desde allá arribota,
desde dentro de la mandorla.
        --Eres
lento
en tu devoción,
y segunda vez vas a sacar ventaja de ello.
¿Te acuerdas?
En un guijarral de la ribera del lago de Genezaret viste al Cristo
resucitado
y dudaste. ¿Era
Él? Él
te cogió la mano,
dijo,
tócame aquí,
aquí,
las huellas de los hierros que lo habían
acabado.


Jesús y tú erais
clavados.
La gente os confundía. Decían, ahí van
los mellizos.
Si mi mayor viviese
aún
se parecería a ti
ahora,
los años habrían trazado los mismos dibujos en tu rostro. Por eso,
porque lo repites,
te doy
tanto.
        María se soltó
el ceñidor,
que cayó
suavemente
desde la almendra
de nieve.
Tomás lo recogió
tiritando

        los apóstoles salieron acariciando la sábana
        que había guardado el cuerpo de María,
        y vieron a Tomás

        les contó, y ¡mirad!,
        su ceñidor,
        que abrazaba su vientre
        poderosísimo

        ¡no ha sido puntual
        en su fe
        y considerad qué otros fueros le han otorgado!


        vara de luces
       
el cielo se ha encapotado, cae
un chaparrón,
una tormenta de verano (de quince
de agosto),
don Lorenzo abre
luego
las persianas
y el arco iris da un brochazo en las paredes del mundo

pues repetía el arco iris el ceñidor de María
cayendo
por el aire


        otro ceñidor       

       

Cupido trastea,
gamberro,
con el ceñidor
mágico
de Venus,
lo desata con sus manos gorditas

doña Amor finge vergüenzas
que su sonrisa
traviesa,
y el rubor que le enciende las mejillas,
desmienten


(las novias romanas se daban
a sus maridos
la noche de bodas
soltándose
primero
el cinturón)

        Lady Hamilton posó para Sir Joshua Reynolds
bajo la intimidad de un toldo, en la glorieta
de la casa londinense del pintor

       
        segunda venida de María

en la isla de Patmos Juan cogió, mareado, al dictado
del hijodelhombre,
esto

abrió el Cordero degollado el séptimo sello del Libro, sonaron siete trompetas

señales cruzaron el horizonte, una
ésta,
una mujer
en el cielo,
no gasta nombre
ni apellidos, ha tenido camareros
estupendos,
la viste el sol, la luna
la ha calzado, la peinan
doce luceros (viene
preñada)

el Lagarto
Cabrón, peludo
y escamado,
rojo,
se planta a la puerta de su tienda, espía el parto,
echaba
baba


lloró un Niño, con inicial
mayúscula (sería
rey,
nuestroseñor),
y la bestia entró para devorarlo,
pero Dios se lo había arrebatado, esto
ya ha pasado,
esto está pasando, esto va pasar
siempre, lloraba su madre (segunda vez
huérfana)

la recién parida huyó al desierto, a las habitaciones
que Dios ha levantado para ella,
y sus alacenas guardan pan
divinal
que la alimentará mil doscientos sesenta días,
luego
no sé,
luego se termina todo,
todo

         
        asunción algo impúdica

        
 

        María Magdalena había aprendido la lengua
de oc
para poder entender las coplas que escribían para ella
los trovadores provenzales

pasaban los años (los siglos) y ella andaba aquellas soledades
deliciosas
sin que ninguna mudanza la estropease,
sólo se le habían gastado los vestidos, ahora iba
silvestre,
y no tenía peine, y arrastraba la dulcísima cabellera

hoy bajan, de parte de Jesús, para robársela a la muerte
y a los poetas

la Magdalena parece algo enfadada, me distraía
mucho
con el cancionero,
me dejáis con la miel de sus letras en los labios


la Magdalena parece
un poco asustada, de aquellos ocho angelicos regordetes
el que se le mete por debajo de las faldas
y el que revolotea a su espalda
tienen la mirada de fauno,
y los otros zumban a su alrededor como nerviosas
moscardas

para que se resigne a su tránsito un ángel
juglar
toca la bandurria para la amiga de su señor

        esta
otra
María,
la que pinta José Antolínez,
se sube a los cielos sin halos de santa
ni velos,
con la melena suelta,
tapándose las mamas que nunca dieron leche, sólo
amor,
con las manos
       


[1] Lucas, XXIII, 26 – 28.
[2] Mateo, XXVII, 35 – 36; Marcos, XV, 40 – 41; Lucas, XXIII, 49.
[3] Juan, XIX, 25 – 27.
[4] Hechos de los apóstoles, I, 14.
[5] Juan, XIII, 22 – 25.

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