dissabte, 7 de juliol del 2012

La muerte de Sylvia Plath, según Anne Sexton

“Nos conocimos porque éramos poetas. Nos conocimos, no por una cuestión de protocolo, sino porque buscábamos la verdad [but for truth].” 

Lois Ames, que sería, luego, su buena amiga, y editará, con Linda, la hija de Anne, sus cartas, estaba trabajando en un libro sobre la obra y la vida de Plath, y le pidió que la informase:

“Sí, Sylvia está muerta. Y ya lleva muerta demasiado tiempo. (…) Sobre su muerte sé poco –todo son cotilleos. Desde luego los cotilleos NO vienen de su madre (que sigue, espero, sin saber nada). La verdad-murmuración es que se quitó la vida, y como ya lo había intentado antes una no puede sorprenderse demasiado –dejando el gas abierto. Y así murió. En Inglaterra. (…) Después de todo, llevaba el suicidio dentro de sí. Como muchos de nosotros. Pero, si tenemos suerte, no nos sale bien, y algo, o alguien, nos obliga a vivir. Sus últimos poemas son maravillosos. ¡Verdaderos! Ojalá pudiera escribirle para decirle cómo los admiro, cuánto me gustan. Pero una no puede (aunque lo hago en mis poemas) escribir a los muertos. (…) Me escribió unas cuantas veces desde Inglaterra –pero siempre sobre su vida. Sobre su muerte guardó silencio. Maldita sea. Y con todo, tal vez –tal vez no- era cosa suya. Todo el mundo anda condenándola por ello, y yo digo: ¡Tenía derecho!...Sólo que deja a sus amigos sintiéndose solos.”

A pesar de que crecieron en la misma ciudad residencial, en Wellesley, Massachussets, se conocerían en Boston. Sylvia estaba casada con Ted Hughes. Ella, George Starbuck y Anne asistían a un taller de escritura que dirigía Robert Lowell en la Universidad, en el curso 1958 - 1959. El seminario comenzaba a las dos de la tarde…

“…en una clase sombría, que tenía la forma de una caja de zapatos. Era un lugar desapacible, parecía que lo hubiesen olvidado durante años, como la habitación que guardaba la rueca en el castillo de la Bella Durmiente.” 

Cuando terminaba el seminario cogían el viejo Ford de Anne y se iban al Hotel Ritz-Carlton. En aquellas “reuniones fragmentarias” tomaban “tres, o cuatro, o dos martinis”, se comían “cinco platos gratis de papas” y miraban en sus poemas, y en sus “pasiones” y en sus “infecciones”. Luego cenaban en la Waldorf Cafeteria, por setenta centavos cada uno. “Muy divertido.”

“Sylvia and I, such sleep mongers, such death mongers…” Eran, Sylvia y Anne, traficantes de sueño, traficantes de muerte.

“A menudo, muy a menudo, Sylvia y yo hablábamos por extenso de nuestros primeros suicidios; por extenso, y en profundidad, mientras nos comíamos las papas. El suicidio es, después de todo, lo contrario del poema.”

Las dos se veían atraídas por él, “como las mariposas nocturnas a una bombilla. ¡Libábamos en él!”

    Con su muerte, Sylvia “ha venido a casa” , la había adelantado.

    Anne Sexton hizo, desde la muerte de Sylvia, dos poemas.

***
    “Sostenidas así en equilibrio, las suicidas a veces se conocen,
    devorando, furiosas, la fruta, una luna hinchada,
    dejando atrás el pan que habían confundido con un beso,

    dejando la página del libro descuidadamente abierta,
    algo por decir, el teléfono descolgado,
    y el amor, fuera lo que fuera, una infección.”

3 de febrero de 1964

***
    <<La muerte de Sylvia>>

    para Sylvia Plath

    “Oh Sylvia, Sylvia,
    con una caja de piedras y cucharas,

    con dos hijos pequeños, dos meteoros
    errando, sueltos, en el diminuto cuarto de los juguetes,

    con la boca en la sábana,
    en las vigas del techo, en la muda oración,

    (Sylvia, Sylvia,
    ¿dónde fuiste
    después de que me escribieras
    desde Devonshire
    que querías cultivar patatas
    y criar abejas?)

    ¿junto a qué te plantaste de pie,
    exactamente cómo te acostaste dentro de ella?

    ¡Ladrona…!
    ¿cómo te arrastraste hasta entrar en ella,

    cómo te arrastraste, sola,
    hasta entrar en la muerte que yo había deseado con todas mis fuerzas, tanto tiempo,

    la muerte que dijimos que se nos había quedado pequeña,
    la que llevábamos cubriendo nuestros senos flacos,

    ésa de la que hablamos tan a menudo cada vez
    que nos bebíamos tres martinis muy secos en Boston,

    la muerte que hablaba de psicoanalistas y de curaciones,
    la muerte que hablaba como novias que conspiraran

    la muerte a la que brindábamos,
    las razones y luego el silencioso acto?

    (En Boston
    los moribundos
    van en taxi,
    sí, la muerte otra vez,
    ese paseo hasta casa
    con nuestro chico.)

    Oh Sylvia, recuerdo a ese batería medio dormido
    que tamborileaba sobre nuestros ojos con una vieja historia,

    cómo queríamos dejarlo pasar
    como a un sádico, o a un duende de Nueva York,

    para que hiciese su trabajo,
    una necesidad, una ventana en un muro, o una cuna,

    y desde aquella vez él esperó
    debajo de nuestros corazones, de nuestros aparadores,

    y ahora veo que lo almacenamos
    años tras años, viejas suicidas,

    y conozco, ante la noticia de tu muerte,
    un gusto terrible por ella, como de sal.

    (Y yo,
    yo también.
    Y ahora, Sylvia,
    tú otra vez
    con la muerte otra vez,
    ese paseo hasta casa
    con nuestro chico.)

    Y digo solamente
    con los brazos extendidos hacia ese lugar de piedra,
   
¿qué es tu muerte
sino una vieja pertenencia,

un topo que se ha caído
de uno de tus poemas?

(Oh amiga,
mientras la luna es mala,
y el rey se ha ido,
y la reina anda desquiciada,
¡el mosquito de taberna debería cantar!)

¡Oh madre diminuta,
también tú!
¡Oh graciosa duquesa!
¡Oh cosita rubia!

    17 de febrero de 1963

    Anne Sexton, que la conoció y la quiso, y fue, con ella, novia de la Muerte, la llora (“Ay, Sylvia, Sylvia…”), algo celosa.








  

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